Majón Meir
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“Y Me haré glorificar, y Me haré santificar”

Cada criatura que D's creó, santifica Su Nombre en el mundo: Ya sea un grano de arena, un árbol o una estrella, su existencia misma es una expresión de la Sabiduría y la Bondad Divinas. Pero existe un Kidush HaShem (Santificación del Nombre de D's) de un grado más elevado: Una criatura que siendo libre de elegir, opta por hacer el bien. Ese es el Kidush HaShem del hombre, que fue creado "a imagen y semejanza Divina" (Bereshit 1:27), y elige hacer el bien. Existe un Kidush HaShem más elevado aún: Cuando una persona llega a tal grado de identificación con los ideales Divinos, que él no sólo actua de acuerdo a las pautas absolutas del bien, sino que también su pensamiento y sentimientos estan orientados según la Voluntad Divina. Toda su vida, en todas sus facetas, son Kidush HaShem. Existe acaso un grado de Kidush HaShem más elevado?!.
D's no eligió un conjunto de tzadikim (justos) para santificar Su Nombre en la tierra: Eligió un pueblo. En los pueblos, la población no es homogénea: Existen nobles intelectuales, los pensadores. Hay también dirigentes, con aptitudes y dotes que les permiten ser los líderes del pueblo. Y también hay personas sencillas, que trabajan con rectitud y perseverancia, y de esa forma apuntalan a toda la pirámide. Cada sector no se segrega de los demás, sino que todos juntos constituyen un mismo organismo, a semejanza del cuerpo humano, donde cada órgano tiene un aporte propio singular, pero todos son órganos y miembros de un mismo cuerpo. Cuando todo un pueblo, en forma armoniosa, rige su vida de acuerdo a las pautas absolutas Divinas, ese es el grado de Kidush HaShem más elevado que puede existir en este mundo (Ein Ayá, Shabat Bet, pág. 171, inciso 23. Le Emunat Iteinu Guimel, pág. 35 y continuación). Ese es el papel de Am Israel, el pueblo que D's eligió, que lleva sellado en su esencia más profunda el anhelo de santificar el Nombre de D's en el mundo: Ese "cuerpo" también tiene un alma, un contendio espiritual que da vida a todo ese organismo. La vida del pueblo, llega a su máxima expresión en el marco nacional. Sólo cuando la Nación de Israel vive su vida propia orientada según la voluntad Divina, en todas sus facetas, en forma saludable y vigorosa, puede llegarse al grado más alto de Kidush HaShem y la creación puede llegar a su meta. En esa situación, no sólo la vida religiosa de la nación es una expresión directa de los más grandes ideales Divinos, sino que también el gobierno, el sistema judicial, la vida cultural, el arte, la economía, la agricultura, la industria, la política, todos los aspectos de la vida nacional se transforman en canales de expresión Divinos. A esa situación llegamos en el reinado de Shlomó, hace miles de años (Rada"k a Ishayá 30:26. Le Emunat Iteinu Alef, pág. 18): Am Israel vivía en su tierra, tenía un gobierno soberano, un ejército, economía, agricultura, cultura propia… una nación saludable, viviendo su vida propia y auténtica en su tierra. Y en el corazón de la nación, se encontraba el Beit HaMikdash (El Templo), donde se reunían el Cohen Gadol (Sumo Sacerdote), el rey, los profetas y el Rosh HaSanhedrin (Director de la Corte Suprema).
Pero hace mucho tiempo, todo eso fue desbaratado: "Por nuestros pecados, fuimos exiliados de nuestra tierra". Nuestros enemigos destruyeron el Beit HaMikdash y nos sometieron; perdimos nuestra independencia. Fuimos deportados, dejamos de vivir como nación. Comparado con el cuerpo humano, es como si el cuerpo nacional hubiese muerto, ya no tuviese vida. Después, también la carne del cuerpo nacional se descompuso: Perdimos también la poca autonomía que aún subsistía. Sólo quedo un esqueleto, un recuerdo de lo que fue una vez una nación viviente. Más tarde fuímos dispersados en todos los confines: Los huesos fueron separados y el esqueleto fue desmantelado. Ni siquiera forma de nación nos quedó. Y con el correr de los años, también los huesos se transformaron en polvo, en cenizas. Dejamos de pensar como nación, dejamos de sentir como nación. No podíamos ocuparnos de ningún campo que este relacionado con la vida nacional, y paulatinamente nos fuimos olvidando de ella. Los individuos particulares dejaron de sentirse parte de un organismo y comenzaron a sentirse solo miembros de una comunidad tal o cual. El exilio nos despojó del orgullo nacional, del sentimiento de responsabilidad nacional (Le Emunat Iteinu Guimel, pág. 243). Una situación muy poco placentera: Galut (exilio). El profeta Iejezkel dice: “Y me colocó en medio del valle, que estaba lleno de huesos” (Iejezkel 37:1). Y también el rey de los Kuzaros dice: “Ahora, ustedes son como un cuerpo sin cabeza”. Y el sabio judío le responde: “Somos un cuerpo sin cuerpo, huesos resecos...” (HaKuzari 2:29-30). En la galut estamos en el sepulcro de la nación, como comenta el Gaón de Vilna (Likutei Agrah, al final de Sifra de Tzniuta): Imaginemos una persona que vive en el sepulcro, come en el sepulcro, duerme en el sepulcro, estudia en el sepulcro, y los gusanos lo van comiendo...
Durante la larga galut el pueblo de Israel se convirtió en un recuerdo del pasado, en una reliquia histórica, un fósil: Hubo una vez algo pleno, y dejó de existir. Vivimos como comunidades, donde cada una libra su propia batalla por su subsitencia. El centro de la vida espiritual es el Beit HaKneset (la sinagoga), donde se reza y se estudia (Orot, pág. 108). Las aspiraciones espirituales se limitan a cuidar la santidad del vínculo familiar, a respetar y cuidar shabat, kashrut, a estudiar Torá, y a rezarle a D’s rogándole que nos libere de esa prisión. Todo eso son los pequeños restos, los recuerdos nostálgicos de algo que una vez vivió y era pleno, que abarcaba toda la vida, y que, si D’s quiere, volverá cuando D’s juzgue que llegó el momento de devolver el pueblo a su tierra.
Hace poco más de cientoveinte años, ocurrió un verdadero milagro: Algo cambió, y en las cenizas de ese pueblo muerto y enterrado comenzó a renacer un anhelo nacional. A lo largo de toda la galut hubo algunos pocos elegidos que sintieron ese anhelo, y con gran sacrificio regresaron al sitio de la casa nacional, a Eretz Israel. Pero ahora, se trata de un anhelo que abarca grandes masas; no sólo nobles pensadores, sino que también personas sencillas, de pronto se ven impulsadas por un imperioso deseo de volver a vivir como nación. Theodoro Hertzl, con su genial talento, supo canalizar ese anhelo en un movimiento, y puso en marcha un proceso colosal: El renacimiento de la Nación de Israel. Existe una leyenda; el Ave Fenix. Según la leyenda, ese ave cada mil años prende una hoguera, se deja caer en ella, y de las cenizas vuelve a renacer: Nosotros somos el Ave Fenix. Nuestra nación vuelve a renacer de las cenizas de los crematorios!. Con gran sacrificio, comienzan las masas a fluir a Eretz Israel, y el esqueleto nacional comienza a cobrar forma nuevamente. Asentamientos, agricultura, ejército; como por arte de magia la tierra despierta de su letargo, y el cuerpo nacional renace paulatinamente. Finalmente, pocas horas antes de la llegada del shabat en el dichoso viernes 5 de Iyar del 5708, en representación de todo Am Israel, David Ben Gurion abre los portones de una nueva era: Volvimos a ser soberanos sobre nuestra tierra, después de casi 2000 años!. “Y Me haré glorificar, y Me haré santificar, y seré conocido a los ojos de muchas naciones, y sabrán que Yo soy el Eterno” (Iejezkel 38:23). Nuestra vida nacional volvió a renacer; tenemos un gobierno, que es nuestro. Y también nuestro ejército, nuestra agricultura, nuestra economía, nuestra política… No nos fue obsequiado, sino que tuvimos que pagar su precio: Sacrificio.
Ese proceso aún no culminó, todabía estamos a mitad de camino. Es cierto que hay dificultades, hay crisis, problemas complejos que ya hace miles de años no tuvimos que enfrentar: Son dolores de parto. Pero este proceso irreversible sólo avanza, y necesita de todas las fuerzas, de todos los talentos de nuestro pueblo, de todos los que quieren ser partícipes activos de esa resurrección y estan dispuestos a pagar su precio. Decimos "aquí estamos, dispuestos a sacrificarnos por el renacimiento del Kidush HaShem más elevado en el mundo!".
Bendito sea el Eterno, que nos hizo nacer en esta formidable generación, y nos permite ser partícipes de este proceso colosal!. "Dad gracias al Eterno, porque Él es bueno; porque para siempre es Su misericordia. Díganlo así los redimidos del Eterno, a quienes Él ha redimido del poder del adversario, y de las tierras los ha recogido; del oriente y del occidente, del norte y del sur..." (Tehilim 107, comienzo del rezo festivo de Iom HaAtzmaut).

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